Campo minado
Si hacemos caso a lo que escribieron Camilo Jiménez, Alfonso Cabanzo o Alejandro Gaviria, debemos concluir que ser profesor universitario es como vivir en un campo minado. Hay que andarse con cuidado y no entrar en ciertos sitios, si es que uno no quiere que el conflicto, el fracaso y la depresión le estallen en la cara. Pero, por fortuna, parece que hay una clase de seres humanos –entre otros, justo los que se meten en el oficio docente– que tienen los pies demasiado grandes.
Por un lado está el hecho innegable de que las universidades se convirtieron en máquinas productoras de asalariados. La mayoría de los estudiantes van a clase con la misma actitud de quien va a una notaría a reclamar un certificado. Se endeudan ellos o sus padres, pagan lo que sea por un diploma que –se espera– abra la puerta para un buen retorno de inversión. Las materias perdidas, los antecedentes disciplinarios y los profesores impertinentes solo son pequeñas dificultades que se solucionan de un modo o de otro. He visto las triquiñuelas de último minuto con las que algunos, que no consiguieron sus objetivos en franca lid, salvan la distancia que los separa de su cartón: presiones indebidas, botellas de licor y hasta amenazas. Nada sorprendente en un país en el que estas mismas tácticas funcionan en los niveles más altos. «Que se indignen los idiotas», pensarán los implicados.
Esto ocurre, en parte, porque las mismas autoridades universitarias tomaron el papel de los notarios. Cuenta Cabanzo que un decano le dijo «textualmente –las cursivas son de él–: “la universidad es un negocio, y usted no debe joderle la vida a los estudiantes”». Por supuesto que es un gran negocio, y eso que no puede tener ánimo de lucro. Lo es porque su operación deja enormes rentabilidades y sus responsables se han convertido en especialistas del arte de comprar barato y vender caro. Se supone que esa plata no puede ir a parar al bolsillo de nadie, pero hay preguntas que uno se hace. ¿Quién construye los nuevos campus, las nuevas bibliotecas, los laboratorios? ¿Alguien vigila esos contratos? ¿Cuánto ganan los rectores, los decanos, los encargados de administrar las universidades? ¿Cuánto menos ganan los profesores?
Otro asunto es que los estudiantes universitarios cada vez son menos adultos. Cuando estaba en el colegio, los curas insistían en que la universidad era algo muy parecido a la vida real. Decían que al salir del grado 11 se saltaba hacia otro mundo, en el que las reglas eran diferentes y nadie iba a estar ahí para ayudar si uno se caía. Pero, a juzgar por lo que dicen algunos profesores universitarios, eso ya no ocurre. Los primeros semestres se convirtieron en un bachillerato sin uniforme. Los estudiantes no son capaces de solucionar sus propios problemas, ni de responder por las consecuencias de sus errores. Si hacen algo mal, siempre tienen el recurso de llorarle a papi y a mami, que de algún modo podrán desenredar el entuerto. Quizás se deba al hecho de que los muchachos no son más que un proyecto de sus padres. Viven para ellos, no para sí mismos.
Además, vivimos en una época que conspira contra la introspección. La calle y la casa están llenas de luces y ruidos, de estímulos y distracciones. Cualquier momento con uno mismo es interrumpido por el pito del celular, un aviso publicitario o una llamada impertinente. El transporte público, el único lugar que nos quedaba para estar con nosotros mismos, está lleno de pantallas. Incluso encendemos el televisor por las noches, para que esa vocecita molesta nos deje dormir.
Uno entiende la frustración de Jiménez, la rabia de Cabanzo y la discreta melancolía de Gaviria. Todo este coctel convierte a la educación en una tarea muy difícil. Pero, supongo, quien se mete a profesor lo hace porque siente que tiene mucho que ofrecerles a los demás. Porque tiene la intención de hacerlos mejores lectores, mejores profesionales, incluso mejores personas. Nadie dijo que fuera fácil, pero creo que estamos de acuerdo en que se trata de una labor importante. La cantidad de respuestas y de diálogo que se ha suscitado tras la carta de Jiménez mostró que ésta tocó alguna fibra, que dijo cosas que no se habían dicho en todo este asunto.
Además, hay algo que esperanza: alguna cosa se debe estar haciendo bien como para que en este país, acostumbrado a ser arreado a los gritos y los balazos, sea posible hacer un debate público. Alguien debe estar logrando llevarnos a los estudiantes –sí, yo también lo soy– a través de ese campo minado, así sea pagando el costo de pisar algunas minas. Una camada de grandes profesores está consiguiendo –como dice María Camila Rincón, estudiante de Jiménez– «generar en nosotros la semilla de la duda». Gracias por eso.